Los buenos modales son buenos para la salud

Nos esforzamos por llevar una vida ejemplar en cuanto a aquéllos hábitos que pueden poner en peligro nuestra salud o estropear nuestro maltrecho aspecto fisico persiguiendo la suerte de gozar de los máximos años de bienestar físico, mental y corporal y de mantenernos jóvenes y bellos. Sin embargo, hay un aspecto que en la sociedad actual estamos descuidando pensando que son puras tonterías aristocráticas o normas impuestas para fastidiar. Más allá de para aparentar, los buenos modales son buenos para la salud, de hecho los mejores hábitos que, si damos de lado, podemos poner en riesgo la salud mundial.

La obscenidad de hacer pelotillas con las secreciones nasales y regocijarse en ellas con la punta de los dedos suele reservarse, salvo casos especialmente groseros, a la intimidad. Con un deleite similar, más de uno escupiría cada vez que le viniese en gana, haría sus necesidades fisiológicas allí donde le pidiese el cuerpo o dispararía algún tufo en plena oficina. Pero estas acciones están vetadas por el más elemental manual de buenas maneras.

Sería una suerte de pepito grillo o mosca cojonera que nos incita a la lucha o a la huida ante un arma de destrucción masiva como puede ser la saliva. En cada milímetro de nuestras babas conviven unos cien millones de bacterias. Ante este dato, Curtis recuerda el poder de las buenas maneras como habilidad ancestral para evitar el traspaso de enfermedades. Por eso nos lavamos las manos a menudo con jabón, un acto muy simple que puede salvar más de un millón de vidas al año en el mundo.

Fuente: Libertad Digital

¿Quién pudiera imaginarse que la saliva sea capaz de convertirse en un arma de destrucción masiva? Esta afirmación científica que, a priori, puede parecer una exageración, no lo es tanto, y es que todos hemos caído víctimas en alguna ocasión de alguna enfermedad infecciosa o vírica por haber compartido espacio durante un tiempo más o menos prolongado con una persona enferma, ya sea por convivir con ella, en nuestro hogar, nuestro familiar, o por pasar el día juntos en el trabajo.

El aire es un un transporte inmenso e ilimitado que expande aquéllo cuanto recoge y las partículas de virus corren de organismo en organismo sin miramientos. Un ejemplo aún más claro y, sobre todo sencillo, para entenderlo es el caso de las alergias, y como los alérgicos lo pasan realmente mal en la primavera cuando el polen es llevado por el aire hasta inundar espacios donde se apodera de nosotros y nos hace pasarlo mal.

Si sumamos al poder del aire el potencialmente peligroso de la saliva y otras sustancias que nuestro organismo se esfuerza en expulsar al exterior para deshacerse de un mal o elemento innecesario, muchas veces tóxico, la capacidad de destrucción no queda tan lejos. No es tan remilgada la iglesia como la acusamos, sino que llevaba sus razones higiénico sanitarias cuando en plena era de las epidemias de peste del siglo XVI exhortó a sus fieles a implorar a “¡Jesús!” cuando una persona estornudaba. Nuevamente los buenos modales son buenos para la salud.

Y los olores, aunque merecen un apartado propio, también son escudos protectoras ante los peligros. Así como el pánico ante ciertos animales como las cucarachas o las arañas y ratas que, en muchas circunstancias, presentan un riesgo para la salud.


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