Ochenta años de amor incondicional y, a este paso, un amor eterno. Ocho hijos, cincuenta nietos y treinta y cinco biznietos, además de otros veinte tataranietos sellan el amor fiel y real de esta pareja de ancianitos. Y digo pareja no por situarme en términos modernos, sino porque, al menos a ojos de Dios, ellos no eran un matrimonio hasta hace muy pocos días, cuando por fin celebraron su boda religiosa. Como testigos, su gran familia, y pro supuesto, el sacerdote, no poco sorprendido por el hecho de estar convirtiendo al sagrado matrimonio a una pareja con tantos años de amor en pecado.

Jose Manuel, sentado en su silla de ruedas prometió amor eterno a su amada Martina, quien finalmente pudo lucir un largo vestido blanco, en una ceremonia que tuvo lugar en el jardín de su casa, en un altar construido para la ocasión.

“Los medios mostraron la reacción sorprendida del cura que les casó”, dijo el corresponsal de BBC Mundo en el Cono Sur, Ignacio de los Reyes.

“El padre Cristian Paiva aseguró que se trataba de la primera ocasión en que celebraba una boda entre personas que habían convivido tantos años”.

Fuente: BBC

No podríamos decir que se tratase de un amor en pecado, porque esta pareja ha sabido mostrar más apoyo, amor, fidelidad y complicidad que inmensa mayoría de los matrimonios legales, y es que si nos quejamos de que las parejas de hoy se casan demasiado rápido, o que deciden sencillamente no pasar por la vicaría, antiguamente los noviazgos podían prolongarse durante años, pero tampoco tantos como el de José Manuel y Martina. Ocho décadas, que se dice pronto. Con sus risas y alegrías, sus fiestas y sus enfermedades, sus sorpresas y sus disgustos o desavenencias, pero que siempre lograron solventar, hasta el punto de criar a ocho  hijos, y cincuenta nietos.

No sabemos qué motivos llevaron al ahora matrimonio, a retrasar tanto el feliz momento. No creemos que fuera ahorrar para el ajuar, como dicen de los jóvenes de ahora, que no se casan nunca porque esperan hasta el final, cuando tengan su piso diseñado, construído, decorado y sin faltarle un sólo detalle. Tampoco sabemos si por parte del sacerdote hubo rapapolvo, por el momento sabemos que hubo mucho asombro de que los protagonistas de la ceremonia fuesen los tatarabuelos. Pero no unos tatarabuelos cualquiera, que se hubiesen conocido en una residencia de ancianos, sino los novios eternos, los de siempre.

Para los románticos, el amor perdura eternamente. Para los más racionales, el amor, apenas es un sentimiento pasajero que, como una droga se va disolviendo en tu interior hasta que enfermas de hastío y de rutina. Y para quienes todavía estén esperando encontrar el amor, o acaben de salir de un desengaño amoroso, esta historia puede servirle de ejemplo para la esperanza. El amor existe, y es posible mantenerlo para siempre. Sólo nos habría faltado pedir unos consejos a José Manuel y Martina. Los abuelos casamenteros, los amantes eternos, la pareja perfecta.


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