Más de mil personas, todas ellas expertas, estuvieron a la caza de un mono que, durante semanas, ha estado sembrando el terror en las calles de Japón. Aunque no ha trascendido, de qué manera, el mono salvaje, llegó a encontrarse suelto en la ciudad, lo cierto es que el animal se lo ha pasado de lo lindo atacando a diestro y siniestro. Eso sí, tampoco culpemos al pobre mono y es que habrá tenido que estar más asustado aún que los japoneses. Y es que los animales, cuando atacan, lo hacen siempre para defenderse. Ellos no conocen el mal humor.

Más de mil cazadores profesionales, bomberos y oficiales de policías se movilizaron para atrapar al animal que andaba suelto por las calles de Hyuga, en el sur del país, el mes pasado.

Las víctimas recibirán US$200 cada una.

Fuente: BBC

La noticia sorprende por varias cosas. La primera, sin duda, por el impacto que causa un mono salvaje suelto por Japón y de imaginar la cara de horror de los japoneses que se topasen con el mono o que, imaginación al poder, creyesen, tal es la sugestión, tenerlo cerca. La segunda razón por la que llama la atención la noticia es porque todo un regimiento estuvo luchando, sin éxito, contra el animal. Más de mil cazadores fueron tras él, además de bomberos y policías. Y durante días, el mono estuvo poco menos que riéndose en sus caras.

Finalmente, el animal fue acorralado en una casa abandonada, como todo un delincuente profesional. Y lamentablemente, su destino final fue la muerte. Si más de un ciudadano quisiera firmar por la pena de muerte para altos criminales, en Japón sólo necesitas ser un mono para que la pena capital sea aplicada sin demora, y sin pensarlo dos veces ni ejercer el derecho a la defensa.

El tercer elemento de la información no resulta menos peculiar, y es que los titulares, lo recogen realmente es que el Gobierno japonés ha ofrecido una indemnización a las víctimas del mono salvaje. Que también las ha habido, alrededor de unas 18 personas resultaron heridas en plena cacería. Lo que no señalan es el estado de las víctimas, que imaginamos no habrá pasado a mayores.

Me río yo de los monos de Gibraltar, y de su mala fama, por cierto, en este caso sí, doy fe que merecida. Ya que fuí testigo, que afortunadamente no víctima, de cómo un mono gibraltareño robaba la mochila con la comida y otros enseres de excursionistas a una profesora de inglés que daba clases en mi instituto durante una excursión al Peñón. O diría más bien, que fue ella quién le arrojó la mochila envuelta en el miedo a un mono algo intrépido.

En cualquier caso, la pregunta que me hago es de dónde habrá salido el mono salvaje japonés. Porque no me cabe duda de que las malas artes las habrá tenido que aprender de algún humano maestro. Como sucede con los perros violentos, y hasta con los niños, la responsable siempre es una mala educación.


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